lunes, 16 de abril de 2012

Camino a Bakú: La organización

Mucho se ha hablado de las dificultades que supondría la organización del festival de Eurovisión para Azerbaiyán, un país financieramente potente por sus ingresos petrolíferos, pero técnica y socialmente aún lejos de los estándares europeos. No debe sonar a una crítica clasista o racista, porque siempre defendimos lo importante que es para Eurovisión la presencia de todos y cada uno de los países que toman parte en él y el derecho a organizarlo, pero existen comodidades y facilidades a las que nos hemos acostumbrados en las ciudades que han acogido el festival recientemente de las que Bakú no dispone (amplia red de transporte, alojamiento de calidad a precio razonable, etc...). Sin mencionar los problemas políticos y de libertades que existen en este país y numerosas organizaciones pacifistas internacionales han denunciado. Acaba de haber amenazas de integristas musulmanes de atentar contra el festival y las muestras de tolerancia del pueblo azerí con aspectos como la homosexualidad aún está lejos de ser algo común en la sociedad (mira este vídeo). Hubo muchas promesas en un principio que no se han cumplido: se habló de paquetes turísticos que incluían todo por 1100 € de los que no ha habido rastro; de que se controlaría el precio de los hoteles para evitar abusos (hoy mismo lo anuncia de nuevo el gobierno azerí) y el coste de la estancia para la semana es, como poco, el doble de lo habitual en los últimos años (750 € los apartamentos de OGAE, hoteles hasta 400 por noche); se ha construido un nuevo pabellón pero a costa de subir el precio del paquete de entradas a casi 300 € (para fans), un 30% más de lo que costó en Oslo; a fecha de hoy (12 de abril) las reservas hoteleras siguen bloqueadas, sin dar ninguna muestra de ayuda a los que aún y con todo esto decidieron apostar por viajar, sin saber en un principio si obtendrían un visado fácilmente o no. 

A pesar de las apuestas en contra, se ha conseguido acabar a tiempo el Baku Crystal Hall, con un Plan B por primera vez en la historia por si no daba tiempo, aunque aún no se ha comenzado ni se sabe nada de escenarios o presentadores. Se ha confiado mucho en el dinero para compensar estas limitaciones. Rondan por la web unos datos que no resultan del todo creíbles: se cifra en 540 millones de euros el coste total de la organización, con infraestructuras incluidas. Hablan de 109 millones destinados a la construcción de una nueva carretera de acceso a la Plaza de la Bandera, de 218 millones para el Baku Crystal Hall, de 70 millones para la reforma del estadio Tofiq Bahramov (el plan B), de 55 millones en adecuación de la misma plaza, que será la base de la zona dedicada al festival, de 50 millones en gastos de organización del festival en sí, de 28 millones en la implementación del sistema de transporte específico para esos días y de 10 millones en eventos internacionales organizados por la Ictimai TV en estos meses. Sólo los 50 millones del festival en sí superan con creces los 31 del presupuesto más alto que se ha dedicado a una edición de Eurovisión, los de Moscú 2009, y mucho más los 25 de 2011 o los modestos 21 de 2010, por lo que no sabemos cuánto hay de verdad en todo esto.

Cuando nuestros amigos y compañeros vuelvan de Bakú sabremos hasta qué punto la organización ha estado a la altura, y a pesar de los puntos negros que ofrece, confiamos en que el resultado final sea digno de lo que se espera de Azerbaiyán, un país que está deseoso de abrirse al mundo y no va a dejar escapar la oportunidad de hacerlo ante los más de 100 millones de personas que Eurovisión le pone a sus pies. 

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